Efemérides:

21 de Mayo en la historia:

1962.- Nació en Lima el matador Guillermo Santillana.

1966.- En la ciudad de Trujillo nació el matador de toros Julio César Alvarado "Belmontito".

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Lunes, 16 de Agosto de 2010 02:25

Nueva gran pachanga en Trujillo

Artículo escrito el  lunes 16 de agosto en el diario “El Comercio”  por el Ing. Bartolomé Puiggrós. Esta publicación  la colgamos en nuestra página por ser de importancia e interés para especialistas y aficionados

bpp okEl municipio trujillano dio pase a un espectáculo con sabor a estafa, por la corrida de toros anunciada el 28 de julio, en nuevo atentado a nuestra fiesta. También fallaron los toreros que colaboraron con su actuación a esto. Salva a Trujillo su muy sufrida afición, buena de verdad, no merecedora de estas pachangas y la preciosa plaza.

Se anunciaron cuatro “toros” como de Chuquizongo, que ya hace años no existe, pero salieron con la divisa azul, oro y encarnado de esa antigua ganadería ya desaparecida. Eran cuatro cuneros sin hierro, tres negros (todos muy chicos, flacos y escurridos, mansos de carreta); el que hizo segundo, colorado (pelo imposible en el encaste Santa Coloma de Chuquizongo, que es negro o cárdeno). Llenos los tendidos que protestaron tirando botellas al ruedo. Con razón las protestas, pero no los botellazos.

Tres matadores de toros españoles y un venezolano torearon de luces, sin picadores y en banderillas solo dos pares, nada pudieron hacer con el pésimo ganado. Uno con un traje sin alamares y un bordado raro en el delantero de la chaquetilla hizo el paseíllo sin liarse el capote, mala costumbre que está imperando. Y estos detalles no lo hacen más artista, sino que lo hará cuando toree, pero respetando la tradición. El empresario fue un señor Ávalos (dicen que testaferro de Jorge Méndez), el alguacilillo fue un jinete mal trajeado con un casquete blanco, y una camioneta hizo el arrastre. ¿Habría enfermería y médicos?

paseillo

toro_1

 toro_2

arrastre

 

Arte en sí mismo

Elogio del toreo

Por: Juan Guillermo Carpio Muñoz

El toreo es la más bella fantasía que pudo crear el ser humano para burlarse, someter y vencer a la muerte con valentía, garbo e inteligencia. Es un conjunto de airosos garabatos que algunos elegidos hacen en nombre del género humano para hacernos olvidar que somos mortales, que la vida es un soplo que se nos va de las manos. Es una danza ante el peligro inminente, que se hace no para huir de él, sino para sobreponerse, dominarlo y salir airoso: con la alegría del que triunfa —así sea por solo un instante de ensueño— ante lo ineluctable.

No es que el toreo sea arte, sea cultura, porque insignes pintores o poetas lo cantaron. El toreo es arte y es cultura por sí mismo. En la esencia de su ser, de sus maneras, radica su ética: la autenticidad; y su estética: la creatividad de algo bello y efímero en condiciones límite de riesgo. El toreo no solo es una de las bellas artes. Es una liturgia, un sacrificio, un auto sacramental, una catarsis colectiva, un rito de iniciación de raíces milenarias; la más conmovedora unidad y lucha de contrarios del reino animal, que debe terminar en armonía, en ritmo, en cadencia apasionada como síntesis de instinto e inteligencia.

Es una catarata de sentimientos, un fulgurante estímulo emotivo; una de las más poderosas formas de comunicación humana sin palabras; un camino hacia el éxito éticamente legitimado por el esfuerzo, el riesgo y hasta el sacrificio de quien lo practica. Es un espectáculo sobrecogedor con: escenario, vestidos, jerarquías, colores, utensilios, música, personajes, lenguaje, técnica, historia, tradiciones y sortilegios propios. Es una fiesta sin par, por vibrante y contagiosa, en que su sustancia es incorpórea, a pesar de que sus destellos nos entran por los poros hasta ponernos la carne de gallina. Es, también, uno de los atavismos del género humano con raíces más antiguas.

Finalmente, el toreo es un destello, por lo fugaz; una metáfora del esfuerzo humano, por enfrentar y remontar las dificultades y adversidades, por celebrar la vida, recordando que la proximidad de la muerte nos reta a utilizar mejor el poco tiempo que nos queda, y nos impele a trascender la existencia forjando con belleza nuestras obras que deben ser filigranas del ingenio humano.

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